lunes, 3 de julio de 2017

OKUPAS EN L'HOSPITALET. DOS ARTÍCULOS EN 25 AÑOS.

Hace unos 25 años, convocado por el gran Inocencio Salmerón, comencé a colaborar con la revista Progrés, del Casal d'Avis de Collblanc-Torrassa. Para los fundadores, miembros del Casal, y para los jóvenes que nos incorporamos era una especie de blog de historia, literatura, cine, etc, en papel.
También intentamos hacer un poco de periodistas, con algún reportaje de actualidad. De ese tipo era el artículo que titulé "Okupas en l'Hospitalet" y fue públicado en el número 96, de abril de 1992.


Hace unos meses, Sheila y Bibian Escudero nos pidieron colaboración al Centre d'Estudis de l'Hospitalet para hacer la historia del movimiento okupa de la ciudad. Finalmente, el colectivo Entrevies, al que pertenecen, ha elaborado un documental extraordinario.
La guinda ha sido un muy buen reportaje en relación al tema en El Periódico del pasado domingo, 2 de abril, firmado por Nando Cruz. Por mediación de las amigas de Entrevies o de la periodista Montse Santolino (¡gracias!), me pidieron un artículo de opinión para acompañarlo.
Y 25 años después, me asomo a la prensa para reflexionar y divulgar sobre la okupación. Ahora, reproduzco el artículo, sin las limitaciones de espacio del diario impreso. Lo quería titular "La ciudad, ¿es para ti?", pero la referencia pacomartinezsoriana no la entendía nadie.

La Lokeria, en el antiguo ambulatorio de la Plaça Espanyola. Fotografia propia, del año 2008.
"¿DE QUIÉN ES LA CIUDAD?

La ciudad es otro escenario de la lucha de clases, como las fábricas o las tierras. De hecho, uno de los mecanismos tradicionales de reivindicar las tierras era, y es, ocuparlas. Esto lo tenía muy claro el movimiento obrero, mayoritariamente anarquista, que  impulsó la huelga de alquileres el año 1931 o que municipalizó la vivienda, en el marco de las colectivizaciones revolucionarias de 1936. El espacio urbano era tratado como uno más de los “medios de producción” que había que arrebatar a la burguesía. También los propietarios de suelo urbano se organizan en patronales específicas.

Los movimientos sociales antifranquistas no tardaron en advertirlo. Cristianos y comunistas se habían encontrado en las fábricas y a finales de la década de 1960 se  buscaron en los barrios para parar los excesos de les empresas constructoras e intentar conseguir espacio, servicios y equipamientos públicos que aseguraran su salario indirecto. Se inventaron la comisiones de barrio y más tarde las asociaciones de vecinos. Y todo ello en el contexto de la ola inmigratoria y la enorme corrupción política y empresarial del franquismo.

La fuerza del movimiento vecinal en l’Hospitalet y el conjunto del área metropolitana fue tan grande a finales de los 70’s que algunas empresas negociaban con las asociaciones de vecinos antes de presentar el proyecto al Ayuntamiento, donde a menudo también se encontraban con técnicos comprometidos con las propuestas vecinales.

Durante la década de 1980, sin embargo, los que habían sido considerados monstruos de la especulación (los Figueras, Núñez, Sanahuja, Marsà, Muller, etc...) ganaron el pulso al movimiento vecinal gradualmente debilitado. Los constructores se encontraron, además, con un aliado inesperado, los ayuntamientos democráticos, que no se sonrojaron al homenajear a Porcioles en Barcelona o Solanich en l’Hospitalet. Y la excusa olímpica  generó un gran consenso social favorable a la construcción, aunque fuese en terrenos calificados de zona verde en el Plan General Metropolitano que tanto había costado conquistar.

Una parte de la juventud de aquel momento, asistía a los fastos olímpicos y al yuppismo que les rodeaba y no se sentía invitada. Por ruptura generacional o por el mal ejemplo de las traiciones a los movimientos sociales de buena parte de los dirigentes políticos procedentes de los partidos de izquierdas, que habían pasado de la asociación de vecinos a la gestión inmobiliaria, rechazaron el ejemplo de los padres suqueros y acabaron pareciéndose a los abuelos anarcos.

Hace 25 años que unos jóvenes de l’Hospitalet rompieron con la boyante sociedad capitalista y con la oposición de izquierdas que había perdido la hegemonía cultural. Decidieron crear espacios en los que sentirse libres y desarrollarse personal y socialmente, y comenzaron a “okupar” edificios abandonados, empezando por “la Vakería”. De especial trascendencia han sido los Centros Sociales Okupados, como La Lokeria, L’Òpera y ahora son L’Astilla y La Pua.

Para designar la ocupación de edificios vacíos con fines habitacionales pero también de desarrollo de actividades alternativas al capitalismo, propongo que normativicemos el uso de la “k” en el verbo y sus derivados. En estos momentos es necesario distinguir este tipo de “okupación” de otras actividades que se denominan igual y no tienen ningún componente ideológico, desde la entrada en un piso vacío por verdadera pobreza, hasta el tráfico delictivo de inmuebles ocupados para luego alquilarlos.

Sin ser conscientes, los okupas reproducían los grupos de afinidad anarquistas del pasado y como aquellos, repercutían en movimientos sociales más amplios. El movimiento okupa nunca fue mayoritario ni especialmente influyente, pero no hay que menospreciar su aportación. Para empezar, ha sido sorprendentemente constante, teniendo en cuenta el frecuente relevo de sus protagonistas por razones vitales.

Hay que valorar sus aportaciones decisivas en fenómenos como la insumisión y, por tanto, el final de la mili. Y, por encima de todo, el movimiento okupa ha mantenido viva y visible la cuestión del derecho a la vivienda, ha denunciado el carácter de clase de la lucha por el espacio urbano, mientras una parte del movimiento vecinal negociaba la amplitud de las aceras . Será interesante ver la evolución de ambas formas de lucha social urbana, de sus encuentros, que alguno hay, y desencuentros.

Al final, la reivindicación de la vivienda digna ha sido la que ha articulado la primera opción política realmente alternativa que ha llegado al poder en diferentes ciudades del área metropolitana desde 1939 (con algunas psuqueras excepciones). Ahí estaba el movimiento okupa, junto a otros, en 2006, resbalando en la burbuja y recordándonos que “no vas a tener casa en la puta vida”.

Más allá de las luchas sociales y los proyectos políticos, la okupación ha sido una experiencia vital y un espacio de creatividad cultural que han marcado a centenares de personas. Tanto, que han decidido reivindicarse y difundirlo, y me han permitido acompañarles un poquito en el proyecto “Entrevies”. Y ahora me pregunto, ¿por qué no me hice okupa?"

No hay comentarios:

Publicar un comentario